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Destinos Truncados - Стругацкие Аркадий и Борис - Страница 77
—?Si? Eso nunca me habia ocurrido. ?Mucho dinero?
—Unos tres mil... no recuerdo exactamente.
Diana regreso y, sin pronunciar palabra todavia, coloco sobre la mesa una botella y un vaso.
—Otro vaso —pidio Viktor.
—No voy a beber —dijo Zurzmansor.
—Pues yo... hummm.
—Yo tampoco —dijo Diana.
—?Eso es por Desgracia! -pregunto Viktor mientras se servia.
—Si. Y por Gata.Asi que le bastara para unos tres meses. ?O menos?
—Dos meses —preciso Viktor—. Pero no se trata de eso... Mire, yo quisiera visitar la leproseria.
—Sin falta —dijo Zurzmansor—. Alli sera donde le entregaran el premio. Pero quedara desencantado. No habra milagros. Se trata de un dia de descanso. Unas diez casitas y la sala de curaciones.
—La sala de curaciones —repitio Viktor—. ?Y a quien curan alli?
—A personas.
La voz de Zurzmansor tenia una extrana entonacion. Solto una risita burlona y, de repente, algo horrible le acontecio a su rostro. El ojo derecho se puso en blanco antes de quedar apuntando a la barbilla. Mientras, la mejilla izquierda parecio desprenderse del craneo junto con la oreja y quedo colgando en el vacio. Todo aquello duro un instante. Diana dejo caer el plato. Viktor miro a su alrededor de forma maquinal, y cuando sus ojos volvieron a clavarse en Zurzmansor, el rostro de este seguia siendo el de antes: cortes y amarillento.
«Maldicion, maldicion —se dijo Viktor mentalmente—. Desapareced, fuerzas del mal. ?Una alucinacion?» Se apresuro a sacar el paquete de cigarrillos, encendio uno y se dedico a mirar su vaso. Haciendo mucho ruido, los Hermanos de Raciocinio se levantaron de sus mesas y echaron a andar hacia la salida mientras intercambiaban comentarios.
—En general, querriamos que sintiera tranquilidad —dijo Zurzmansor—. No tiene nada que temer. Seguramente se da cuenta de que nuestra organizacion ocupa cierta posicion y tiene ciertos privilegios. Hacemos mucho, y debido a ello se nos permite mucho. Se nos permite experimentar con el clima, se nos permite preparar a nuestros sustitutos... y cosas asi. No debo extenderme mas al respecto. Hay senores que se imaginan que trabajamos para ellos, y no los contradecimos. —Callo un momento—. Escriba lo que quiera, como quiera, senor Banev, no preste atencion a los perros que ladran. Si tiene dificultades con las editoriales o problemas de dinero, lo apoyaremos. En ultima instancia, podemos publicarlo. Una edicion interna, por supuesto. Asi que siempre tendra un plato caliente en su mesa.
—Queda claro —dijo Viktor despues de beber un trago y sacudir la cabeza—. Me compran otra vez.
—Como quiera —replico Zurzmansor—. Lo fundamental es que usted se de cuenta de que existe un contingente de lectores, por el momento no muy numeroso, que manifiesta un serio interes por su trabajo. Lo necesitamos, senor Banev. Ademas, lo necesitamos tal cual es. No necesitamos a un Banev partidario nuestro y cantor de nuestras obras, y por esa razon no gaste tiempo pensando de que parte esta. Este de su parte, como debe estar toda personalidad creativa. Es todo lo que necesitamos de usted.
—Mu-muy ventajosas, esas condiciones. Carta blanca y montanas de calamares rellenos en el horizonte. En el horizonte y a la mostaza. ?Que viuda se atreveria a darle un «no»? Escuche, Zurzmansor, ?alguna vez ha tenido que vender el alma y la pluma?
—Si, por supuesto. Y sepa que pagaban una miseria total. Pero eso ocurrio hace mil anos, en otro planeta. —Volvio a quedar en silencio un instante—. Banev, no tiene usted razon. No lo estamos comprando. Simplemente queremos que sea usted mismo, nos preocupa que lo presionen. Ya han aplastado a muchos... Los principios morales no se venden, Banev. Se los puede destruir, pero no comprar. Tomemos un principio moral cualquiera: lo necesita solo un bando. No tiene sentido robarlo ni comprarlo. El senor Presidente considera que ha comprado al pintor R. Kvadriga. Es un error. Ha comprado al chapucero R. Kvadriga, pero el pintor se le ha escurrido entre los dedos y ha muerto. Pero nosotros no queremos que el escritor Banev se escurra entre los dedos de alguien, ni siquiera entre los nuestros, y muera. Necesitamos artistas, y no propagandistas.
Se levanto. Viktor lo imito, sintiendo cierta incomodidad, junto con un poco de orgullo, incredulidad, ofensa, desencanto, responsabilidad y otra serie de cosas que aun no podia definir.
—Ha sido una conversacion muy agradable. Le deseo exito en el trabajo.
—Hasta la vista —se despidio Viktor.
Zurzmansor hizo una leve reverencia y se marcho con la cabeza erguida, con pasos amplios y fuertes. Viktor lo acompano con la vista.
—Esta es la razon por la que te amo —dijo Diana.
—?Cual? —pregunto Viktor, distraido. Se habia dejado caer en su silla y habia tendido la mano hacia la botella.
—Porque te necesitan. Porque de todos modos esas personas te necesitan a ti, semental, borrachin, desaseado, camorrista, canalla.
Se inclino por encima de la mesa y le dio un beso en la mejilla. Se trataba de una Diana diferente, Diana Enamorada, de enormes ojos sin lagrimas, Maria de Magdala, Diana que Mira de Abajo Arriba.
—Imaginate —mascullo Viktor—, los intelectuales... Nuevos califas por una hora.
Pero eran solo palabras. En realidad, el comprendia que nada era tan sencillo.
Viktor regreso al hotel el dia siguiente, despues del desayuno. Al despedirse, Diana le entrego una cestita de corteza de abeto: de los invernaderos de la capital le habian enviado a Roscheper veinte kilos de fresas, y Diana habia llegado a la razonable conclusion de que el diputado, a pesar de su anormal glotoneria, no podria acabar solo con semejante montana de fruta.
El portero, lugubre, le abrio la puerta. Viktor le regalo unas fresas que el portero se echo a la boca, las mastico y trago como si se tratara de un pedazo de pan.
—Mi hijo era uno de sus cabecillas —dijo—, me acabo de enterar.
—No se ponga asi —replico Viktor—. Es un chico excelente. Muy listo, y esta bien educado.
—?Mucho que me esmere! —dijo el portero, animandose un poco—. Me esmere... —Recupero su aspecto lugubre—. Los vecinos rezongan. Y yo, ?que? Yo no sabia nada...
—Olvidese de los vecinos —le aconsejo Viktor—. Lo hacen por envidia. Su hijo es un encanto. Por ejemplo, yo estoy muy contento de que mi hija sea amiga suya.
—?Ja! —El portero se animo de nuevo—. ?Que, seremos familia?
—Quien sabe, puede ser que si. —Se imagino a Bol-Kunats—. ?Y por que no?
Se echaron a reir e intercambiaron un par de bromas.
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