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Los Siete Ahorcados y Otros Cuentos - Андреев Леонид Николаевич - Страница 69
Kotelnikov se creó muchos enemigos. Afirmaba insidiosamente que estaba en ayunas en lo atañedero a las negras. Sin embargo, no mucho después, un periódico publicó una interviú con él, en la Kotelnikov declaraba francamente que le gustaban las negras porque había en ellas algo exótico.
A partir de aquel día, su estrella comenzó a brillar con más fulgor. A la sazón visitaba frecuentemente a la familia de su subjefe, que le recibía con los brazos abiertos. Nastenka lloraba a veces pensando en el terrible destino reservado a aquel aficionado a las negras. Kotelnikov, sentado a la mesa, sentía sobre él las miradas de piedad de toda la familia y se esforzaba en dar a su rostro una expresión melancólica y al mismo tiempo exótica. Todos estaban muy satisfechos de que un hombre original frecuentara la casa, en calidad de buen amigo; todos, incluso la abuela sorda que lavaba los platos en la cocina.
El hombre original se retiraba tarde a casa y lloraba desconsolado, porque amaba a Nastenka con toda su alma y no podía ver a miss Korrayt.
Hacia las Pascuas se corrió la voz de que Kotelnikov se casaba con miss Korrayt, la cual, con tal motivo, se convertía a la religión ortodoxa y abandonaba el café cantante del señor Jacobo Duclot. Según los mismos rumores, el propio director había consentido en ser el padrino del joven esposo.
Los compañeros, los solicitantes y los porteros felicitaban a Kotelnikov, que les daba las gracias y saludaba con la muerte en el alma.
La velada anterior a su boda la pasó en casa del subjefe. Le recibieron como a un héroe, y todos parecían muy contentos excepto Nastenka, que se iba a su cuarto de vez en cuando a llorar a sus anchas, y que, para ocultar las huellas del llanto, se ponía tantos polvos que se desprendían de su faz en tanta abundancia como la harina de una piedra de molino.
Durante la cena todos felicitaban al novio y brindaban en honor suyo. El propio subjefe, que se había excedido un poco en la bebida, le dirigió una pregunta algo turbadora:
—¿Podría usted decirme de qué color serán los niños?
—¡Serán a rayas! —observó Polsikov.
—¿Cómo a rayas? —exclamaron, asombrados, lo asistentes.
—Muy sencillo: una raya blanca, otra negra; una raya blanca, otra negra... Como las cabras —explicó Polsikov, a quien inspiraba gran lástima su desgraciado amigo.
—¡No es posible! —exclamó Kotelnikov, poniéndose muy pálido.
Nastenka no podía contener las lágrimas, sollozando, huyó a su cuarto, llenando de emoción a los asistentes.
Durante dos años, Kotelnikov pareció el hombre más feliz de la tierra, y daba gusto verle. Hasta fue recibido un día con su mujer por el propio director. Cuando llegó a ser padre de un hijo se le dio a modo de subsidio, una suma bastante crecida, y se le ascendió.
El hijo no era a rayas. Tenía un tinte ligeramente gris, más bien de color de oliva. Kotelnikov decía a todos que estaba encantado con su mujer y con su hijo; pero nunca se daba prisa en volver a casa y, cuando volvía, se detenía largo rato ante la puerta. Cuando su mujer salía a abrirle y le enseñaba su dentadura, semejante al teclado de un piano, lo blanco de sus ojos, grande como un plato, cuando se estrechaba contra él, el pobre experimentaba una repulsión invencible y pensaba, con un dolor cure, en los seres dichosos que tenían mujeres blancas y niños blancos.
Y a instancias de su mujer se dirigía a la habitación donde estaba su hijo. No podía ver a aquel niño de labios gruesos, gris como el asfalto; pero lo cogía en brazos y procuraba simular que se la caía la baba, combatiendo con gran trabajo la tentación de tirarlo al suelo.
Tras no pocas vacilaciones, escribió a su madre noticiándole su matrimonio, y, con gran asombro, recibió una respuesta alegre. También ella estaba satisfecha de que su hijo fuera un hombre tan original y de que el propio director hubiera sido su padrino.
A los dos años de su boda Kotelnikov murió de tifus. Momentos antes de morir hizo llamar al sacerdote. El cual, a ver a su mujer, acarició su espesa barba y lanzó un profundo suspiro. El también sentía cierta admiración por Kotelnikov, con motivo de su originalidad. Cuando se inclinó sobre el moribundo, éste, haciendo acopio de todas sus fuerzas, exclamó.
—¡Aborrezco a ese diablo negro!
Sin embargo, un minuto después, como se acordase de su excelencia, del subsidio que le habían dado, de su subjefe, de Nastenka, y viese a su mujer llorar, añadió, con dulce:
—Me encantan las negras... Hay en ellas algo exótico.
Procuró iluminar su rostro con una sonrisa feliz, y, con una sonrisa en los labios, se fue al otro mundo.
La tierra le acogió indiferente, sin preguntarle si le gustaban o no le gustaban las negras, y mezcló sus huesos con los otros muertos. Pero en los círculos burocráticos se habló todavía mucho de aquel hombre original, a quien volvían loco las negras y que encontraba en ellas algo exótico.
Un sueño
Hablamos luego de esos sueños en los que hay tanto de maravilloso y he aquí lo que me contó Sergio Sergueyevich cuando nos quedamos solos en la gran sala semioscura.
—No se que pudo ser aquello. Desde luego fue un sueño. Dudarlo sería un delito de leso sentido común, pero hubo en aquel sueño algo demasiado parecido a la realidad.
No me había acostado. Permanecía de pie, paseando por mi celda con los ojos bien abiertos. Lo que soñé —si es que lo soñé— quedó grabado en mi memoria como si en efecto hubiese sucedido.
Llevaba dos años encerrado en la cárcel de San Petersburgo por cuestiones políticas y, como estaba incomunicado y no sabía nada de mis amigos, una negra melancolía se iba apoderando de mi corazón. Todo me parecía muerto. Ni siquiera me preocupaba en contar los días que iban transcurriendo.
Leía muy poco y pasaba buena parte del día y de la noche paseando arriba y abajo de aquella celda que apenas medía tres metros. Andaba despacio, para no marearme, y recordaba muchas cosas... Sin embargo, poco a poco, las imágenes se iban borrando de mi memoria.
Sólo una permanecía fresca y viva, a pesar de ser en aquel entonces la más lejana e inaccesible: la de María Nicolayevna, mi novia, una muchacha encantadora. Lo único que sabía de ella era que no había sido detenida y, por ello, la suponía sana y salva.
En aquel triste atardecer de otoño, su recuerdo llenaba mi pensamiento. En mi lento caminar sobre el suelo asfaltado de la celda, en medio de aquel tétrico silencio, veía deslizarse a derecha e izquierda, desnudos y monótonos, los muros... De pronto, me pareció que yo permanecía inmóvil y eran los muros los que se deslizaban.
¿Estaba en efecto inmóvil? No. Seguía andando lentamente..., pero ya no era por la celda sino por la calle Trevskaia de Moscú en dirección a los grandes bulevares.
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